Bleeding...
Creo que en condiciones normales, uno siempre está preocupado por algo. No sé si es condición natural del ser humano, pero puede llegar a ser bastante molesto.
Me parece conveniente, por lo tanto, filosofar al respecto.
Nunca con intención de reclamar crédito ni mérito por el ejemplo, en repetidas ocasiones he usado la metáfora de una mesa para explicar cómo es que en la vida tenemos un balance, y cómo cada una de sus patas representa un pilar fundamental en nuestras vidas. La familia, el trabajo, los amigos, la autoestima, el amor, la salud... escoja usted las patas de la mesa que quiera. Y no se vale ser aventuroso y decir que es bípeda o trípoda la susodicha mesa, porque tal cosa no sirve para efectos de mi explicación, ni de la suya. Tome las cuatro que mas le gusten, o júntelas en grupos que también funciona; que aquí lo que se busca es tratar de entender la filosofía de turno que tiene ahora el agrado de leer.
Porque las patas son fundamentales. Y cuando una de las patas -o elementos de balance en la vida- fallan, el balance se va a la mierda. Y las fallas son entonces en mi representación una pata coja. Problemas con la familia, problemas en el trabajo, problemas de autoestima, problemas en el amor, problemas en la salud... son como si hubiesen llegado a serrucharnos un trozo de la mencionada pata (o mencionadas patas, para el caso de los más desventurados). Y ahí es que se arma el lío.
Doy fe entonces de que la falla en una o más patas del artefacto de la vida, visualizado aquí como una mesa, hace que el balance se vaya a la mismísima porra.
Lo que más me ocupa -porque si hablo de preocupación, seguramente haré que mi lector se altere más- es entonces el curioso hecho de enfocarnos en todos los problemas a la vez, o empecinarnos en demostrar que al final nuestra mesa es muy turuleca porque cojea de todas las patas.
Entienda: que ninguna mesa es perfecta, pero podemos encontrar un balance. Que se nos vaya la vida buscando como equilibrarla es bastante mejor que invertirla en demostrar cuánto le falta o le cojea. Lo que es peor es que se nos vaya la vida ignorando la cojera absoluta de una pata tratando de afianzarse en otra. Caso conocido: trabajo como un burro para olvidar que tengo problemas en casa. Otro caso conocido: me dedico a la vida alegre para olvidar que tengo que ir al médico. Porque para todo hay tiempo.
Para todo hay tiempo, pero hay que ser inteligente. Tiempo para preocuparse, tiempo para ocuparse. A mí en lo personal eso de la preocupación en estéreo no se me da muy bien, por lo que recomiendo que se ocupe una a una, de las cosas que le preocupen para que se ocupe después de resolver el entuerto.
Equilibre su mesa. Luego regocíjese en su humana imperfección y no trate de ver en detalle la mesa del vecino, cuando menos no si no lo han llamado. Que es muy feo decirle al otro de que cojea cuando usted lleva un tumbao más grande que el de la negra de la canción de Celia Cruz.
Así lo veo. Y así, cojeando pero de algún modo harto feliz, me despido.
Me parece conveniente, por lo tanto, filosofar al respecto.
Nunca con intención de reclamar crédito ni mérito por el ejemplo, en repetidas ocasiones he usado la metáfora de una mesa para explicar cómo es que en la vida tenemos un balance, y cómo cada una de sus patas representa un pilar fundamental en nuestras vidas. La familia, el trabajo, los amigos, la autoestima, el amor, la salud... escoja usted las patas de la mesa que quiera. Y no se vale ser aventuroso y decir que es bípeda o trípoda la susodicha mesa, porque tal cosa no sirve para efectos de mi explicación, ni de la suya. Tome las cuatro que mas le gusten, o júntelas en grupos que también funciona; que aquí lo que se busca es tratar de entender la filosofía de turno que tiene ahora el agrado de leer.
Porque las patas son fundamentales. Y cuando una de las patas -o elementos de balance en la vida- fallan, el balance se va a la mierda. Y las fallas son entonces en mi representación una pata coja. Problemas con la familia, problemas en el trabajo, problemas de autoestima, problemas en el amor, problemas en la salud... son como si hubiesen llegado a serrucharnos un trozo de la mencionada pata (o mencionadas patas, para el caso de los más desventurados). Y ahí es que se arma el lío.
Doy fe entonces de que la falla en una o más patas del artefacto de la vida, visualizado aquí como una mesa, hace que el balance se vaya a la mismísima porra.
Lo que más me ocupa -porque si hablo de preocupación, seguramente haré que mi lector se altere más- es entonces el curioso hecho de enfocarnos en todos los problemas a la vez, o empecinarnos en demostrar que al final nuestra mesa es muy turuleca porque cojea de todas las patas.
Entienda: que ninguna mesa es perfecta, pero podemos encontrar un balance. Que se nos vaya la vida buscando como equilibrarla es bastante mejor que invertirla en demostrar cuánto le falta o le cojea. Lo que es peor es que se nos vaya la vida ignorando la cojera absoluta de una pata tratando de afianzarse en otra. Caso conocido: trabajo como un burro para olvidar que tengo problemas en casa. Otro caso conocido: me dedico a la vida alegre para olvidar que tengo que ir al médico. Porque para todo hay tiempo.
Para todo hay tiempo, pero hay que ser inteligente. Tiempo para preocuparse, tiempo para ocuparse. A mí en lo personal eso de la preocupación en estéreo no se me da muy bien, por lo que recomiendo que se ocupe una a una, de las cosas que le preocupen para que se ocupe después de resolver el entuerto.
Equilibre su mesa. Luego regocíjese en su humana imperfección y no trate de ver en detalle la mesa del vecino, cuando menos no si no lo han llamado. Que es muy feo decirle al otro de que cojea cuando usted lleva un tumbao más grande que el de la negra de la canción de Celia Cruz.
Así lo veo. Y así, cojeando pero de algún modo harto feliz, me despido.
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