Pedazo 6: La Depresión
Quisiera tanto que este pedazo se escribiera en piloto automático, en modo autómata... tal como estuve yo semanas y sin querer reconocerlo. Mi naturaleza no me permite -no me permitía- aceptar que puedo estar profundamente triste, deprimido. Con una depresión supina, como escribí antes de comenzar con estos pedazos.
Pretender que no sucedía nada, acudiendo a mi ya no tan eficiente preferencia de ocultar lo que siento, fue sin lugar a dudas lo que empeoró todo y prolongó el desenlace. Y no porque me haya dado cuenta de esto quiere decir que ya en automático lo evitaré más adelante, pero si he de darme con esta piedra en el futuro quiero que ésta cuente como una grande y lapidaria.
Creo que engañarte, no escucharte y hasta ignorarte es lo peor que puedes hacer. Increíble pensar que jamás ignoraría a alguien que se me presente con semejante tristeza y más sabiendo las trastadas que ha sufrido... y que fui capaz de irgnorarme a mí mismo, que debería ser la persona más importante, sin lugar a dudas. El dolor acumulado y esta pena auto-impuesta por no querer hacerme caso derivaron en la depresión más profunda y grande que he vivido. O cuando menos la más grande que tuve que enfrentar por completo.
Darme cuenta de que soy humano, de que no todo lo hago bien, de que meto la pata y cometo errores era parte de lo que además de repetir como un lorito, tenía que comenzar a creer. Porque al mismo tiempo, no hacía otra cosa que acumular errores, de otra índole pero errores al fin. En el momento en el que me di cuenta de que mi tristeza era porque yo mismo no lograba perdonarme al ver todas las cosas que yo mismo me causé, reventé. Colapsé, entré en parálisis. Si alguien debe quererme y perdonarme soy yo... y no era capaz de hacerlo.
Aquel artículo que hablaba de Surrender. Tener compasión de mí mismo, de verdad. Esa fue la clave, la tecla, el catalizador, el trigger o la llamada final. La depresión me dio con todo y me sirvió para conocer unas cuantas esquinas y callejones que llevo conmigo pero no había aún visitado. Es bueno saberlo, si de verdad quiero ser un buen alcalde para este cuerpo aunque como buen político no quiera volver a verlas nunca más.
Y aún con miedo, pero reconociendo desde el corazón y alma mi problema, logré avanzar. Comencé a dar pasos en la dirección correcta, dejando ir y soltando el peso que ya no era para mí.
Salí, aunque no sé bien cómo ni cuándo. Ya estoy aquí y esta es la prueba fehaciente.
Pretender que no sucedía nada, acudiendo a mi ya no tan eficiente preferencia de ocultar lo que siento, fue sin lugar a dudas lo que empeoró todo y prolongó el desenlace. Y no porque me haya dado cuenta de esto quiere decir que ya en automático lo evitaré más adelante, pero si he de darme con esta piedra en el futuro quiero que ésta cuente como una grande y lapidaria.
Creo que engañarte, no escucharte y hasta ignorarte es lo peor que puedes hacer. Increíble pensar que jamás ignoraría a alguien que se me presente con semejante tristeza y más sabiendo las trastadas que ha sufrido... y que fui capaz de irgnorarme a mí mismo, que debería ser la persona más importante, sin lugar a dudas. El dolor acumulado y esta pena auto-impuesta por no querer hacerme caso derivaron en la depresión más profunda y grande que he vivido. O cuando menos la más grande que tuve que enfrentar por completo.
Darme cuenta de que soy humano, de que no todo lo hago bien, de que meto la pata y cometo errores era parte de lo que además de repetir como un lorito, tenía que comenzar a creer. Porque al mismo tiempo, no hacía otra cosa que acumular errores, de otra índole pero errores al fin. En el momento en el que me di cuenta de que mi tristeza era porque yo mismo no lograba perdonarme al ver todas las cosas que yo mismo me causé, reventé. Colapsé, entré en parálisis. Si alguien debe quererme y perdonarme soy yo... y no era capaz de hacerlo.
Aquel artículo que hablaba de Surrender. Tener compasión de mí mismo, de verdad. Esa fue la clave, la tecla, el catalizador, el trigger o la llamada final. La depresión me dio con todo y me sirvió para conocer unas cuantas esquinas y callejones que llevo conmigo pero no había aún visitado. Es bueno saberlo, si de verdad quiero ser un buen alcalde para este cuerpo aunque como buen político no quiera volver a verlas nunca más.
Y aún con miedo, pero reconociendo desde el corazón y alma mi problema, logré avanzar. Comencé a dar pasos en la dirección correcta, dejando ir y soltando el peso que ya no era para mí.
Salí, aunque no sé bien cómo ni cuándo. Ya estoy aquí y esta es la prueba fehaciente.
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