52-03-60

La idea de hacer la llamada telefónica a ese número del pasado tatuado en mi memoria me viene rondando la cabeza desde hace rato.  Pero ha podido más el miedo y llegar a esto ha sido conscientemente difícil.  Como la vida misma, con todo lo que me pueda costar aceptarlo.  Han sido días muy extraños, cargados de sentimientos que siempre han estado allí pero que ahora se me juntan y me abruman porque son incluso públicos y notorios.  La sensación de ruptura del macabro y contrito cordon umbilical, bajo la tutela de una maestría en manipulación: la aceptación tardía con rabia de la humanidad de lo que antes era ya extrañamente deidad.  El amargo proceso de aceptar la maldad como enfermedad y querer llegar a tener paz eventualmente.  El no perderme en el proceso, aceptar también mi humanidad y defenderme, protegerme, de una vez por todas.  Saborear la amargura de vivir con el síndrome del héroe por una niñez que nunca fue feliz; una adultez teñida que aún convulsiona ante verdades universales que nunca debieron ser las mías.  Y la esperanza de reencontrarme, viajando en el tiempo y hablando con el Fabio niño que atenderá el teléfono como no le correspondía, para escuchar cosas que tampoco, pero que le sirvan para entenderse mejor y protegerse.  

Es una pena que no pueda ser un diálogo, una pena que no sepa dónde o cómo usar las itálicas en mi estilo.  Pero no tan grande como no haber podido hacer la llamada antes. O no haber tenido que necesitarla nunca. 


Creo que sería fascinante escucharme.  Para ambas direcciones.  Tan fascinante como aceptar que esta forma de llamada efectivamente funciona y seguirá funcionando.  Entendiéndome y conociéndome como me desconozco, quizás comenzaría hablando de cosas que me den credibilidad.  Cosas que recuerdo, sensaciones que recuerdo y siguen conmigo.  Sólo para asegurar que sí soy yo y que lo que tengo que decir es importante.  Conectaría con ese nivel de madurez a destiempo, y me aventuraría a hacer de todo esto un reto, porque mi necesidad de sobrecompensar y hacerlo todo perfecto ya estaba allí aunque yo no lo sabía.  Me aprovecharía de eso, sin decirlo.  Si así la vida ya hacía un pacto conmigo (o yo inconscientemente con la vida, como resulte mejor verlo), ¿por qué no aprovecharme yo de mí mismo pero en nombre de mi felicidad?


Sería difícil desenmascarar a mi mamá.  Explicarme que no esta bien todo lo que veo y siento con mi papá.  Que nada de ello es culpa mía y que no hay nada de malo en mí.  Que tengo derecho a ser un poco más niño, un poco menos responsable y que está bien fallar y no ser perfecto, que eso no hace que me quieran menos… porque nunca me van a querer más, o como ese ideal que yo aspiro.  Me daría esos ejemplos y me diría que esas cosas que ya tengo grabadas como episodios que no entiendo, luego lo usaré como material de burla, como mecanismo de defensa y justificación a una cantidad de cosas que no entiendo.  Que haber ido como Ilan Chester a un nacimiento viviente fue una humillación aunque no pueda aún verlo así.  Pero que no sienta rabia o culpa, porque todos cometemos errores y aunque parezca difícil verlo, mi mamá es humana y en su imperfección cometerá muchos mas errores que serán difíciles de entender y que no es mi trabajo rellenar espacios, justificar, resolver u ocultar. 


Me ayudaría a reconciliarme con errores cometidos.  Aquella tarea de matemática, mi sentimiento de vergüenza: mi primera oportunidad fallida de aceptar mi imperfección, y me pediría contarme todo lo que sé que sentí y me daría perspectiva.  Consuelo, alivio. Mi primer caldo de pollo para mi alma, desde el futuro


Me enseñaría que todo lo que me hace sentir pequeño e imperfecto está bien.  Que todas esas cosas que hacía para obtener atención y validación en realidad no serán necesarias.  Que poder ser feliz sin prestarle tanta atención a lo que sucede a mi alrededor, es algo más sabroso y que me tomará muchos años entender.  Me retaría a hacer experimentos y exigir más de los demás, en lugar de exigirme yo para que mi mundo no se viera en la necesidad de no tener que pedirme, porque yo siempre estaría un paso o dos adelante.  Creo que haría esto con cautela, porque la verdad es que desde siempre supe que era diferente, maravilloso y que vendrán oportunidades en las que tendré que usar mi super poder, y que eso esta bien. 


Me preguntaría qué me hace feliz, qué es la felicidad.  Sé que contestaría en ejemplos de momentos compartidos con mi mama y mi papá.  Me diría que por eso lavo los platos y ordeno todo cuando no me corresponde, para asegurar un rato en el parque el fin de semana.  Y yo me diría que tuviera cuidado, porque es mi derecho ser querido y no ganármelo. Que ya me quieren suficiente y que todo lo que me falta no es mi vacío, sino uno de mi mamá que no es justo rellenar.  Me explicaría que mi hermano mayor no es mi responsabilidad y que no tengo que hacer de mi vida una competencia para demostrar perfección, porque yo como segundo intento para compensar el pasado es algo inhumano e injusto.  Claro que me diría viniendo del futuro que sí tengo la capacidad de hacerlo, para darme alivio: escuchar de alguien que sí puedo, que sí valgo mucho… pero que no tiene sentido hacerlo y que eso está bien.  Y me diría que debo tener mucho cuidado con querer adivinar y hacer lo que los demás quieren.  Que aunque me hace sentir feliz esa sonrisa de haber acertado en la anticipación, se convertiría en una adicción y que no da tanta felicidad como pareciera. Que en realidad escoñeta, que es lo último que debería hacer. 


Me preguntaría qué es lo que me hace diferente.  Sólo para descubrir que ya lo siento así y explorar el miedo que desde siempre me llevó a tratar de ser perfecto en nombre de la normalidad.  Normal por encima del promedio, porque siempre quise sobrecompensar.  Esta sería mi entrada a hablar de ese miedo a ser diferente, y que es en realidad miedo a no poder ser como yo creo que los demás quieren que yo sea.  


Esto sería muy difícil de entender.  No sé si tendría el valor de decirme que soy homosexual, pero me preguntaría por Andrés.  Me diría que hoy en día sigue siendo una persona importante, aunque ya no presente en mi vida.  Sembraría en mí la duda de por qué oculto lo que siento, y exploraría así en el miedo que sé que ya sentía.  Y me diría que después de Andrés vendrán otros.  Y que eso está bien, aunque no sea lo que los demás y especialmente mi mamá esperan.  Y me explicaría que mi peor enemiga será mi mamá, porque ella nunca lo aceptará y que me dará miedo no sentirme querido.  Me diría que dejando de lavar los platos y siendo más niño, menos adulto, todo irá mejor.  Un pequeño acto de rebeldía a tiempo. 


Me preguntaría por mi hermanita.  Estoy seguro de que la respuesta sería una retahíla de historias pequeñas que se resumen en admiración y amor, aunque no sepa expresarlo.  Me daría felicitación por cuidar tan bien de ella y me diría que se convertirá en mi mejor amiga y mi mejor maestra.  Que no tenga nunca miedo a contarle mis cosas, porque hoy sé cuánto tiempo me llevará entender que reconocer mis miedos es el más grande de los miedos. 


Ya sentados en el piso de granito frente al teléfono, porque la conversa ha sido larga y es lo que sé que naturalmente haría, abriría el mas álgido tema.   Me preguntaría qué tan bueno soy mintiendo para proteger a mi mamá.  Sé que mi respuesta con orgullo sería que soy muy inteligente y que sé decir que no está en casa, tomar recados y pretender cosas, y que a mi mamá le gusta mucho que lo haga.  Yo me diría que esa sensación cálida de éxito al hacer eso tan malo malo es peligrosa.  Y me contaría historias de lo que está por venir.  Sería muy difícil hacerme ver todo lo que ya sé, pero como vengo del futuro me daría ejemplos y me contaría cosas que hoy sé. 


Diría que mentir siempre es malo, y me preguntaría por el catecismo que me sé de memoria y que me genera una extraña fascinación, más por mi inteligencia y capacidad de absorción que por otra cosa.  Me diría para darme confianza que esa sensación de no querer decir que miento por mamá pensando que esta bien porque ella es mi mamá, esta realmente muy mal.  Y que debo tener cuidado porque con el tiempo será peor. Mis mentiras serán mas grandes en nombre de ella y me rompería el corazón diciéndome la más terrible verdad: llegaré a mentirle a ella para ocultar cosas mías, sólo porque pensé que no es lo que ella quería escuchar, porque así me enseñó ella que debían ser las cosas. 


Me rompería más el corazón diciéndome que ella nunca dejará de mentirme. Esto sería muy difícil de entender pero me daría algunos ejemplos para darme cuenta de que yo si digo la verdad.   Y que mamá siempre mentirá, cada vez más, cada vez peor.  Que logrará cosas muy buenas mintiendo pero que cada vez todo será mas oscuro y que nunca podré resolverlo.  Y que tenga cuidado porque no es mi trabajo resolver todos los problemas.  Me preguntaría directamente por qué quiero ser Arqueólogo, sólo para sorprenderme de que efectivamente soy del futuro, que somos la misma persona.  Y sé que me contaría que yo voy a resolver todos los enigmas y que ya estoy leyendo de las Pirámides de Egipto.  Y hablaríamos un rato de esto, y me daría ejemplos de cosas que me vienen que no son en realidad problemas para yo resolver.  


No quisiera colgar.  Ninguno de los dos quisiera colgar.  Y el Fabio grande diría que ya se tiene que ir, sólo para generar una sensación de angustia y pedir que me diga algo mas.  Y me diría que hay un favor que necesito pedirme: que quererme yo más que a nada es algo que no he logrado resolver, pero que necesito mi ayuda desde pequeño para lograrlo.  Me sembraría esa semilla y me diría que no necesito sentirme más amado por más nadie, que deje de hacer cosas en nombre de los demás… que no lo entendería pero que por favor nunca deje de pensar en cómo amarme más.  Y que de verdad nunca mienta en nombre de mi mamá: que no pasará nada y que no me querrá menos, porque tampoco me querrá más por si hacerlo. 


Y así, haría de mí algo mejor, usando la amarga manipulación aprendida, aun sin decírmelo, solo por no tener que llegar a hoy con la necesidad de decirme estas cosas. Acercarme un poco más a mí sin dolor y a lo que debió ser una infancia más feliz. 

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