Depresión supina, o de cómo inició el final de mi proceso de duelo.
Saber que quieres avanzar, pero tu peor enemigo eres tú. Transitar por un camino de dolor donde no entiendes qué pasa, porque jamás de manera sensata te habías sentado a escucharte. Colapsar, rendirte y entender que necesitas de tí para salir adelante.
Y en algún momento te das cuenta de que efectivamente algo cambió. Pero todo lo que pasa entre ese momento y el inicio, no deja de ser borroso, confuso. Y más cuando eres un consumado escapista, de esos que ignora lo que siente, básicamente porque eres más arrecho que el mundo.
Pero no. No eres más arrecho que el mundo. No eres perfecto. No sólo comentes errores, sino que la cagas monumentalmente. A niveles insospechados. Incluso contra cualquier pronóstico, con cosas que en teoría ya habías aprendido.
Escapas a tu realidad, te sigues sintiendo más arrecho que el mundo -debes continuar, estas programado para ser así. Porque qué pensarán de ti, no puedes ser débil. Eres del tamaño de los errores que cometes, y así. Ocultando lo que sientes, un profundo sentimiento de vergüenza ahora se suma y no te deja avanzar.
Y la vergüenza se convierte entonces en inabilidad para perdonarte, porque te das cuenta de que ocultar la realidad de nada te sirvió. Algo de tu esencia permanece intacta... eres capaz de seguir siendo bueno, a pesar de todo lo que te hicieron, a pesar de todo lo que te hiciste. Puedes perdonar, puedes aconsejar. Pero cuando se trata de ti, simplemente no puedes avanzar. No te puedes perdonar.
Así, en ese estado estuve meses. Meses transitando por un proceso complejo, que no quería ver ni reconocer, o que más íntimamente hablando no sabía cómo ver y como reconocer. Dolía más que cualquier cosa que hubiese experimentado, sin duda. Y creí que proyectaba al mundo la imagen correcta, cosa que no era cierta. Cierta solamente en mi cabeza. Y tan cierta como la pena de no tenerme compasión, de perdonarme para poder avanzar.
Sin lugar a dudas, una de las cosas más reveladoras y que más me han hecho crecer.
Transité entonces por meses a tientas, aunque muy consciente de mis penas. Arrepentido con la vida y sin esperanza genuina, solo con una receta de cocina. Con dolor profundo: de lo que hice, lo que me hicieron, lo que me hice, lo que di, lo que perdi, como me dejaron, como me dejé. Eventualmente toqué fondo, porque cuando eres tú quien no te deja avanzar, estas jodido en estéreo. Y cuando miras a ese espejo que tanto evitaste y te das cuenta de tu reflejo buscando al villano, tu vida se torna una interrogación con punto. Salir corriendo no es una opción: resuelve tu peo, arregla tu vaina. Dense la mano como hermanitos, un abrazo y bueno, váyanse a jugar otra vez.
Eso, de manera poética, describe un poco el inicio del final de mi proceso de duelo. Con protagonismo estelar de una depresión supina.
Ya puedo avanzar, tengo cuando menos la linterna, el mapa y las ganas de efectivamente echarle bolas. Y sé que me voy a encontrar algunos cadáveres en el camino. Los lloraré aún más, me daré golpes de pecho porque sí, todo fue culpa mía. Pero no puedo castigarme para siempre, y menos si soy capaz de perdonar al mundo en mi nombre... ¿y por qué no a mí justamente en nombre del mundo?
Así comienza la historia del recuento de mis siete fases del duelo, o de cómo logré superar un turbulento divorcio y limpiar toda la mierda que en el camino encontré.
Y en algún momento te das cuenta de que efectivamente algo cambió. Pero todo lo que pasa entre ese momento y el inicio, no deja de ser borroso, confuso. Y más cuando eres un consumado escapista, de esos que ignora lo que siente, básicamente porque eres más arrecho que el mundo.
Pero no. No eres más arrecho que el mundo. No eres perfecto. No sólo comentes errores, sino que la cagas monumentalmente. A niveles insospechados. Incluso contra cualquier pronóstico, con cosas que en teoría ya habías aprendido.
Escapas a tu realidad, te sigues sintiendo más arrecho que el mundo -debes continuar, estas programado para ser así. Porque qué pensarán de ti, no puedes ser débil. Eres del tamaño de los errores que cometes, y así. Ocultando lo que sientes, un profundo sentimiento de vergüenza ahora se suma y no te deja avanzar.
Y la vergüenza se convierte entonces en inabilidad para perdonarte, porque te das cuenta de que ocultar la realidad de nada te sirvió. Algo de tu esencia permanece intacta... eres capaz de seguir siendo bueno, a pesar de todo lo que te hicieron, a pesar de todo lo que te hiciste. Puedes perdonar, puedes aconsejar. Pero cuando se trata de ti, simplemente no puedes avanzar. No te puedes perdonar.
Así, en ese estado estuve meses. Meses transitando por un proceso complejo, que no quería ver ni reconocer, o que más íntimamente hablando no sabía cómo ver y como reconocer. Dolía más que cualquier cosa que hubiese experimentado, sin duda. Y creí que proyectaba al mundo la imagen correcta, cosa que no era cierta. Cierta solamente en mi cabeza. Y tan cierta como la pena de no tenerme compasión, de perdonarme para poder avanzar.
Sin lugar a dudas, una de las cosas más reveladoras y que más me han hecho crecer.
Transité entonces por meses a tientas, aunque muy consciente de mis penas. Arrepentido con la vida y sin esperanza genuina, solo con una receta de cocina. Con dolor profundo: de lo que hice, lo que me hicieron, lo que me hice, lo que di, lo que perdi, como me dejaron, como me dejé. Eventualmente toqué fondo, porque cuando eres tú quien no te deja avanzar, estas jodido en estéreo. Y cuando miras a ese espejo que tanto evitaste y te das cuenta de tu reflejo buscando al villano, tu vida se torna una interrogación con punto. Salir corriendo no es una opción: resuelve tu peo, arregla tu vaina. Dense la mano como hermanitos, un abrazo y bueno, váyanse a jugar otra vez.
Eso, de manera poética, describe un poco el inicio del final de mi proceso de duelo. Con protagonismo estelar de una depresión supina.
Ya puedo avanzar, tengo cuando menos la linterna, el mapa y las ganas de efectivamente echarle bolas. Y sé que me voy a encontrar algunos cadáveres en el camino. Los lloraré aún más, me daré golpes de pecho porque sí, todo fue culpa mía. Pero no puedo castigarme para siempre, y menos si soy capaz de perdonar al mundo en mi nombre... ¿y por qué no a mí justamente en nombre del mundo?
Así comienza la historia del recuento de mis siete fases del duelo, o de cómo logré superar un turbulento divorcio y limpiar toda la mierda que en el camino encontré.
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